
En Colombia, hay territorios donde una carretera no siempre es una opción y donde la conectividad depende, casi por completo, del transporte aéreo. En esas regiones, la operación de SATENA ha sido determinante para garantizar el acceso a bienes, servicios y oportunidades, convirtiendo cada vuelo en una respuesta concreta a las necesidades de comunidades históricamente aisladas.
Desde esa realidad se entiende la trayectoria de Diego Hernández Jaramillo, piloto del Embraer RJ 145 y oficial retirado de la Fuerza Aérea Colombiana, quien durante más de 30 años ha volado sin interrupciones entre su servicio militar y su carrera civil. Su historia no solo acumula horas de vuelo, sino experiencias en territorios donde aterrizar implica mucho más que una maniobra técnica.
“SATENA cumple un papel fundamental en la integración del país. Nuestros pilotos conocen de primera mano las realidades de las regiones y entienden que cada operación representa una oportunidad para cerrar brechas y conectar a Colombia”, afirmó el Mayor General Óscar Zuluaga Castaño, presidente de SATENA.
Una carrera que inicia a mediados de los noventas
Hernández llegó a la aerolínea en 1995, cuando aún era mayor activo, y desde entonces su carrera estuvo marcada por la continuidad en el aire. Se formó como copiloto de Fokker 28, voló aeronaves como el Dornier 328 —en el que acumuló cerca de 7.000 horas— y posteriormente el Embraer 170, con un registro similar, antes de regresar al Embraer 145, donde continúa hasta hoy. Su experiencia incluye incluso la recepción de aeronaves en el exterior y su traslado a Colombia, en medio de procesos clave para la operación de la compañía.
A lo largo de estos años, ha operado en pistas donde las condiciones geográficas y de infraestructura exigen precisión, entrenamiento y experiencia. Sin embargo, más allá de la exigencia técnica, su motivación siempre estuvo ligada al impacto de cada vuelo en la vida de las personas. En destinos donde el avión transporta desde alimentos hasta pacientes o funcionarios, la aviación se convierte en un servicio esencial.
“Uno entiende que esto va más allá de volar. Es llevar lo que las comunidades necesitan, es ver cómo cambia el ánimo de la gente cuando llega el avión. Esa alegría es algo que lo marca a uno y le da sentido a todo lo que hace”, aseguró Hernández.
Momentos únicos
Esa conexión con el territorio también le permitió vivir de cerca momentos que reflejan la complejidad del país. Uno de los episodios que más lo impactó ocurrió tras un vuelo a Saravena, cuando presenció la despedida de una familia en pista, sin imaginar que horas después un ataque armado cambiaría el destino de quienes permanecieron allí. Experiencias como esa, afirma, refuerzan la importancia de una operación aérea que, en muchos casos, es la única forma de mantener presencia en zonas afectadas por el conflicto.
Con el paso de los años, Hernández también fue testigo de la evolución de SATENA, especialmente en materia de seguridad operacional, entrenamiento y fortalecimiento de capacidades técnicas. Hoy, destaca que la aerolínea no escatima esfuerzos para garantizar operaciones seguras y eficientes, entendiendo que su rol trasciende lo comercial y responde a una misión social.
Al cierre de su carrera, su historia se convierte en una forma de narrar el papel de SATENA en Colombia: una aerolínea que no solo conecta destinos, sino que mantiene unido al país. En cada vuelo, en cada aterrizaje y en cada comunidad atendida, se refleja una operación que ha permitido que millones de colombianos, incluso en los lugares más apartados, sigan estando conectados con el resto del territorio.